Llevar tantos meses de dieta encima [que uno realmente termina perdiendo la cuenta], hace que hasta las cosas más impensables nos hagan hacer agua la boca.Porque, claro, es el momento en que uno de repente se topa con algo que no sólo no suele comer a menudo, sino que hace meses que no prueba, y ya nomás de verlo puede sentir en sus papilas gustativas la felicidad de probar un bocado de dicho manjar del Edén mismo.
Esto es lo que a mi me sucede cada vez que veo una imagen de un sanguchito de miga. Me babeo, y pienso en que me compraría una docena de triples especiales surtidos y me los masticaría sola, sin compartir a nadie, y me bañaría como una cerda en mi egoísmo de gorditud y alegría sinfín, y empujaría con maldad a quien quisiera quitarme uno de mis fabulosos sanguchitos, y hasta tal vez le gruñiría.
¿Cuántas veces comía esto antes de estar a dieta? Una o dos veces al año, con suerte. Y ahora se me hace algo tan increíblemente rico, que me tienta a más no poder.
¿Con cuántas cosas nos pasa eso estando a dieta? Con cientos de ellas. Hasta las pelotudeces que quizá comimos una sola vez en la vida, se vuelven de pronto tentaciones difíciles de resistir.
Es el alma del gorrrrrdo que llevamos dentro, que está harto de comer la remolacha con tomatito y la frutita de desayuno. ¡Quiere que lo alimenten de verdad!
